FRANTZ de François Ozon - Una película en torno a la mentira - Entrevista con el director


El próximo 30 de diciembre llegará a los cines españoles la película FRANTZ, nuevo trabajo del director francés François Ozon. Una asombrosa y romántica historia que confirma la excelente madurez de su director, protagonizada por Pierre Niney y Paula Beer, Premio Marcello Mastroianni a Mejor Actriz Emergente en el Festival de Venecia 2016.

FRANTZ, basado libremente en el filme del realizador alemán Ernst Lubitsch 'Remordimiento' (1932), se sitúa en una pequeña localidad alemana, justo después de la I Guerra Mundial, donde la joven Anna (Paula Beer), va cada día al cementerio a lamentar la pérdida de su novio Frantz, que murió en una batalla en Francia. Un día se encuentra con Adrien (Pierre Niney), un joven francés que ha ido a depositar flores en la tumba de Frantz, y cuya presencia en un país que acaba de perder la guerra encenderá pasiones encontradas.

FRANTZ una película de François Ozon - cartel
FRANTZ es una coproducción franco-alemana con guion de François Ozon en colaboración con el escritor Philippe Piazzo. La película, filmada en Alemania y Francia, cuenta con un elenco de actores de ambos países y un rodaje que combina el francés y el alemán. Protagonizada por Pierre Niney (El hombre perfecto) y Paula Beer (El valle oscuro), el reparto cuenta también con los veteranos actores alemanes Ernst Stötzner, Marie Gruber, Johann von Bülow y la  francesa Cyrielle Clair.

En la formidable y prolífica carrera de François Ozon cabe destacar su participación en los grandes festivales europeos donde ha logrado entre otros los premios Teddy del Festival de Berlín (Gotas de agua sobre piedras calientes), premio al mejor guion europeo otorgado por la Academia de cine Europeo (En la casa), Concha de Oro del Festival de San Sebastián (En la Casa) y el premio TVE- Otra Mirada del festival donostiarra (Joven y bonita).

ENTREVISTA CON FRANÇOIS OZON   

¿Cómo surgió la idea de hacer FRANTZ?
En una época obsesionada por la verdad y la transparencia, hacía tiempo que buscaba la forma de hacer una película en torno a la mentira. Como alumno y admirador de Eric Rohmer, siempre me ha interesado contar y filmar mentiras. Más aún, el cine me parece el arte de la ilusión, una mentira a 24 fotogramas por segundo.

Pensaba en esta temática cuando un amigo me habló de una obra de Maurice Rostand escrita inmediatamente después de la I Guerra Mundial, L'homme que j'ai tué (El hombre al que maté). Me gustó el punto de partida: es la historia de un joven francés que decide pedir perdón a la familia alemana del soldado al que mató, pero un malentendido le impide decir la verdad.

Indagué un poco más y me enteré de que ya había sido adaptada a la gran pantalla en 1931 por Ernst Lubitsch bajo el título de BROLEN LULLABY (REMORDIMIENTO). Mi primera reacción fue olvidarme del asunto, ¿cómo iba a hacer algo después de Lubitsch?

¿Qué le hizo cambiar de opinión?
Ver la película de Lubitsch me tranquilizó porque permanece muy cerca de la obra teatral y adopta el mismo punto de vista, el del joven francés. Pero yo quería ver la historia desde el punto de vista de la joven alemana que, al igual que el espectador, no entiende por qué un francés visita la tumba de su prometido.

Sin embargo, la película de Lubitsch es maravillosa, sobre todo pensando en el contexto pacifista e idealista de posguerra. He mantenido algunas de las escenas que creó en la adaptación de la obra. Es su película menos conocida, la única realmente dramática, y también su mayor fracaso comercial. Como siempre, la puesta en escena es admirable, llena de inventiva, pero es la película de un cineasta estadounidense de origen alemán que no sabe que se perfila otra guerra mundial y que desea hacer una película optimista, reconciliadora. La Primera Guerra Mundial fue una masacre de tal calibre que muchas voces políticas y literarias, tanto francesas como alemanas, se dejaron oír en defensa de un ideal pacifista: "Nunca más". Mi punto de vista, como francés que no vivió ninguna de las dos grandes guerras, sería forzosamente diferente.

Adrien es un personaje complejo...
Es un joven atormentado y perdido. Perdido entre el deseo, la culpabilidad, la familia. Al principio se sabe poco de él, es muy misterioso. Cuanto más avanza la película, más decepciona a Anna. El trauma bélico le ha marcado con una especie de impotencia; le falta coraje y se hunde en una neurosis de la que es incapaz de salir. Su obsesión o su amor por Frantz son letales, pero no desea dejarlos atrás.

En cierto modo, Anna no empieza el duelo por Frantz hasta que Adrien regresa a Francia: ella deja un retrato suyo en la tumba y empieza a deprimirse.

Hasta entonces, Anna se mantuvo fuerte por los padres de Frantz, en una ocasión el padre de Frantz le dice a Anna "Gracias por habernos apoyado, ahora nos toca a nosotros ayudarte". Pero con la mentira y la marcha de Adrien, es como si todo el dolor de Anna volviese a la superficie, y el abandono es aún más cruel. Quizá también porque dicho abandono es más erótico con Adrien.

FRANTZ una película de François Ozon

El reto para Anna es el aprendizaje y el descubrimiento del amor.
El guion de la película está construido como un "Bildungsroman", es decir, una novela de aprendizaje. No nos lleva a un mundo de ensoñación y de evasión, sino que sigue la educación sentimental de Anna, su desilusión en cuanto a la realidad, a la mentira, al deseo, como si de un cuento iniciático se tratara. Anna estaba destinada a casarse con Frantz; era un amor de juventud, romántico, quizá de conveniencia, que probablemente jamás llegó a consumarse. Pero el impulso se rompió. De pronto, milagrosamente, llega otro príncipe encantador, mucho más apasionado. Sigue sin ser el hombre adecuado, pero gracias a él tomará conciencia de los grandes acontecimientos en cualquier existencia (la muerte, el amor, el odio, la alteridad...).

El principio de la película se concentra en Anna, a la que vemos deambular entre la tumba de Frantz y su casa.
Me gusta mucho filmar trayectos, es una forma concreta de encarnar la idea del recorrido de los personajes y de situar la película y a los personajes en un lugar geográfico. Era importante mostrar esa pequeña ciudad alemana, los recorridos desde la casa al cementerio, y luego hasta la Gasthaus (posada). Observar ese trayecto equivale a hacer preguntas acerca del personaje, a entender su camino. Al principio, Anna no se mueve, solo da vueltas por el pueblo. Pero luego se lanza al gran viaje que la lleva a Francia y la obliga a ir más allá de la apariencia.

En FRANTZ vuelve a haber temas que ya ha tocado en otras películas. El duelo de BAJO LA ARENA, el placer de contar historias de EN LA CASA, la educación sentimental de JOVEN Y BONITA... Pero aquí también explora muchas cosas nuevas.
Es posible que, inconscientemente, aparezcan muchas de mis obsesiones. Pero el hecho de abordarlas en otro idioma, con otros intérpretes, en otro país que no sea Francia, me ha obligado a renovarme. Espero que hayan cobrado una fuerza y una dimensión nuevas. Esta película planteaba muchos e interesantes retos. Nunca había filmado la guerra, combates, un pueblo alemán, París en blanco y negro, en idioma alemán...

Uno de los planteamientos más importantes para mí era contar la historia desde el punto de vista alemán, de los perdedores, de los humillados por el tratado de Versalles, y mostrar que esa Alemania fue el caldo de cultivo de un nacionalismo naciente.

Ya en GOTAS DE AGUA SOBRE PIEDRAS CALIENTES, adaptada a partir de una obra de Fassbinder, se notaba su interés por Alemania.
Alemania es el primer país extranjero que descubrí siendo niño y del que me quedó cierta fascinación, además de un interés constante por el idioma, la historia y la cultura. Hace tiempo que tenía ganas de contar la vertiente fraternal de dos pueblos europeos, la amistad que puede unirlos, y esta película era la oportunidad perfecta.

Hablo suficiente alemán como para mantener una conversación y dirigir a los actores. Tengo buen oído para ese idioma, todo lo opuesto del inglés. Luego confié en los actores, les pedí ayuda y consejos para los diálogos. Fueron muy colaboradores.

¿Cómo se enfrentó a la reconstrucción histórica?
De modo totalmente diferente de la de ÁNGEL, donde quise reconstruir el mundo soñado de una joven. En FRANTZ no quise inclinarme hacia la estilización, todo lo contrario, la película debía estar anclada en un fuerte realismo. Es un periodo ideal porque tenemos acceso a mucha documentación fotográfica y cinematográfica. Pero me di cuenta muy rápidamente de que no disponía del presupuesto necesario para realizar una reconstitución tan precisa como la que deseaba. Localizando con Michel Barthélemy, el director artístico, encontramos decorados interesantes, pero cuya reconstrucción era demasiado cara. Un día se me ocurrió pasar las fotos de las localizaciones a blanco y negro. Hubo un milagro, todos los decorados funcionaban a la perfección y, paradójicamente, con el blanco y negro conseguíamos un mayor realismo, una mayor veracidad, porque todas las referencias de la época están en blanco y negro.

Fue difícil conseguir que el productor aceptara esta elección artística y económica, pero creo que la película sale ganando.

¿De dónde viene la idea de insertar toques de color en algunos momentos?
Trabajar en blanco y negro por primera vez era un auténtico reto, pero también un suplicio porque me inclino naturalmente hacia el color y el tecnicolor. Por eso me pareció difícil dejarlo del todo, sobre todo para ciertas escenas, como la del paseo en la naturaleza, una clara referencia al estilo del pintor romántico Caspar David Friedrich. Decidí usar el color como elemento de puesta en escena e integrarlo en las secuencias de flash back, de mentiras o de felicidad, como si la vida volviese de pronto a un periodo de duelo, y el color irrigase los planos en blanco y negro de la película.

¿Dónde rodó la parte alemana?
Rodamos en el centro mismo de Alemania, a unos 200 km de Berlín, en Quedlinburg y Wernigerode para el pueblo, y en Görlitz, en la frontera con Polonia, para el cementerio. Son lugares de la antigua República Democrática Alemana que apenas han cambiado y no han sido remodelados como las ciudades del oeste.

FRANTZ  de François Ozon - Pierre Niney y Paula Beer

¿Cómo encontró a Paula Beer?
Realicé un casting en Alemania y conocí a muchas actrices. En cuanto vi a Paula, aprecié en ella algo travieso y, a la vez, melancólico. A pesar de tener solo 20 años realizó una interpretación muy madura. Encarnaba la inocencia de una joven y la fuerza de una mujer. Su abanico interpretativo es muy amplio, se mete inmediatamente en la escena y es extremadamente fotogénica.

¿Y Pierre Niney?
Me había fijado en su viveza y su encanto inusual en J’AIME REGARDER LES FILLES. También me había gustado en la obra de teatro Comédie Française y en el papel de YVES SAINT-LAURENT. Pierre es un gran actor de composición, trabaja varios registros, sobre todo la comedia, de la que posee un ritmo natural, pero también se siente perfectamente cómodo en un papel más dramático y atormentado, lo que era importante para Adrien. Otra cualidad que pocos intérpretes tienen a su edad es que no le asusta mostrar su feminidad, su fragilidad, sus imperfecciones, incluso en la forma de hablar y de moverse.

¿Cómo escogió a los padres alemanes?
Había visto a Ernst Stötzner, que encarna al padre, en una película de Hans-Christian Schmid. Me gusta mucho su rostro, así como la autoridad innata que comunica a través de su porte y su voz. Con la barba blanca, representa la ley, el rigor y la severidad alemana. Al verle en blanco y negro, tenía la impresión de estar ante un actor de Dreyer, o incluso de Max von Sydow en una película de Bergman.

El papel de la madre debía compensar el rigor del padre, por eso busqué a una actriz totalmente opuesta, que despidiese calidez maternal, que fuera más humana, más latina. Marie Gruber estuvo excepcional en el casting. Primero me conquistó su voz, y luego su humanidad, su temperamento y su mirada, que me hacían pensar en Giuletta Masima.

¿Y Johann von Bülow en el papel de Kreutz?
Tiene el papel ingrato del "malo" de la película. Representa a la pequeña burguesía alemana que se siente humillada y sueña con la revancha. Pero también está enamorado de Anna y su rechazo le duele. Johann era perfecto para el papel. Con su interpretación, comedida y ambigua, no cayó nunca en la caricatura.

¿Y para la madre de Adrien?
Quería a una mujer realmente bella para encarnar a una aristócrata con algo de araña y de madre castradora. Se nota que teje la tela y que manipula a los que la rodean, que sabe lo que pasa y que quiere conservar a su hijo a su lado, lejos de “la alemana". Cyrielle Clair era la actriz perfecta para representar, bajo una elegancia natural y una frialdad aparente, la monstruosa vertiente de esa madre incestuosa.

Fanny, la novia de Adrien, recuerda un poco a las sufragistas...
Fanny es un personaje ambiguo. Bajo una apariencia frágil y amable, sabe lo que quiere, quedarse con Adrien. Tiene carácter, se viste y peina con un estilo mucho más moderno, "a lo chico". Frente a ella, Anna se siente un poco paleta, más extranjera que nunca, es "la pequeña alemana". La película funciona a base de reflejos, jugando con el contraste entre Anna y Fanny, Francia y Alemania, la casa de Frantz y el castillo de Adrien, los cantos patrióticos de ambos países, etcétera.

Háblenos de la música de Philippe Rombi.
Al principio de la película reina la austeridad en la puesta en escena y en la música, que solo aparece discretamente en las tensiones dramáticas. Poco a poco llega la parte novelesca, el amor naciente, la ilusión de Anna, y su desilusión. La música sigue su recorrido con algunas bocanadas del romanticismo de compositores de la época, como Mahler y Debussy.

¿Y el nombre de Frantz, que da título a la película?
Llegó de forma natural, como un eco, porque suena como "France"... En alemán se escribe sin la "t", pero es un error muy francés que hace gracia y encanta a los alemanes, por eso decidí no corregirlo. Pensé que el propio Frantz había añadido la "t" a su nombre porque era un francófilo convencido.

Al final de la película, Anna vuelve a mentir para proteger a los padres de Frantz, pero va más allá de las apariencias; ahora accede a otro tipo de mentira, el arte, contemplando "El suicida", de Manet.

Me pareció muy importante acabar con este cuadro. El arte también es una mentira, una forma de soportar el dolor. Pero es una mentira más noble, virtual, que puede ayudarnos a vivir.

En la obra de Rostand se habla de un cuadro de Courbet que describe a un chico con la cabeza echada hacia atrás. Busqué en los cuadros de Courbet, pero solo encontré obras demasiado románticas, que no alcanzaban la violencia que deseaba.

Documentándome encontré este cuadro casi desconocido de Manet, "El suicida", de una modernidad increíble. Después de enseñarlo en blanco y negro, quería revelarlo con todos sus colores, sobre todo el rojo de la sangre que mancha la camisa blanca del suicida. De golpe, cobra fuerza y permite rememorar el drama que acabamos de ver,  pensar en Frantz y en Adrien. Y en toda la macabra época de posguerra, en los dos millones de muertos en Francia y tres millones en Alemania, en los supervivientes que regresaron mutilados, traumatizados, dispuestos a suicidarse.

Considero muy importante este peso de la Historia. Anna debía volver a contemplar el cuadro que lo recuerda, aunque en realidad está pintado en 1881 y evoca un acto pasional. Pero por fin todo queda claro al proyectarse ante ella.

"Me da ganas de vivir", dice Anna, al contemplarlo.
Me gusta esta paradoja: ante el cuadro de un suicida, atraviesa el espejo, a pesar de la guerra, los dramas, los muertos, las mentiras... Ha madurado, ha superado pruebas, ha recorrido un largo camino y se ha hecho fuerte. Mediante Frantz y Adrien por fin acepta el amor perdido y el amor soñado. Quizá ahora sea capaz de amar y conocer a la persona adecuada.

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